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LOS NIÑOS ESTABAN SOLOS

by on Dic.05, 2012, under Cuentos didácticos

     Su madre se había marchado por la mañana temprano y los había dejado al cuidado de Marina, una joven de dieciocho años a la que a veces contrataba por unas horas para hacerse cargo de ellos a cambio de unos pocos pesos. Desde que el padre había muerto, los tiempos eran demasiado duros como para arriesgar el trabajo faltando cada vez que la abuela se enfermaba o se ausentaba de la ciudad.

    Cuando el novio de la jovencita llamó para invitarla a un paseo en su coche nuevo, Marina no dudó demasiado. Después de todo los niños estaban durmiendo como cada tarde, y no se despertarían hasta las cinco. Apenas escuchó la bocina cogió su bolso y descolgó el teléfono. Tomó la precaución de cerrar la puerta del cuarto y se guardó la llave en el bolsillo. Ella no quería arriesgarse a que Pancho se despertara y bajara las escaleras para buscarla, porque después de todo tenía sólo seis años y en un descuido podía tropezar y lastimarse. Además, pensó, si eso sucediera, ¿cómo le explicaría a su madre que el niño no la había encontrado?

     Quizás fue un cortocircuito en el televisor encendido o en alguna de las luces de la sala, o tal vez una chispa del hogar de leña; el caso es que cuando las cortinas empezaron a arder el fuego rápidamente alcanzó la escalera de madera que conducía a los dormitorios.

     La tos del bebé debido al humo que se filtraba por debajo de la puerta lo despertó. Sin pensar, Pancho saltó de la cama y forcejeó con el picaporte para abrir la puerta pero no pudo. De todos modos, si lo hubiera conseguido, él y su hermanito de meses hubieran sido devorados por las llamas en pocos minutos.

     Pancho gritó llamando a Marina, pero nadie contestó su llamada de auxilio. Así que corrió al teléfono que había en el cuarto (él sabía como marcar el número de su mamá) pero no había línea.

    Pancho se dio cuenta que debía sacar a su hermanito de allí. Intentó abrir la ventana que daba a la cornisa, pero era imposible para sus pequeñas manos destrabar el seguro y aunque lo hubiera conseguido aún debía soltar la malla de alambre que sus padres habían instalado como protección.

   Cuando los bomberos terminaron de apagar el incendio, el tema de conversación de todos era el mismo: ¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado con el perchero? ¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila?, ¿Cómo pudo caminar por la cornisa con semejante peso y bajar por el árbol?, ¿ Cómo pudo salvar su vida y la de su hermano?.

    El viejo jefe de bomberos, hombre sabio y respetado les dio la respuesta: -Panchito estaba solo…   

   … “No tenía a nadie que le dijera que no iba a poder”.


 

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¿QUIÉN ES EL CIEGO?

by on Nov.26, 2012, under Cuentos didácticos

     Aquel año el invierno neoyorquino se extendió lánguidamente hasta fines de abril. Como vivía sola y era ciega, tendía a permanecer en casa gran parte del tiempo.

     Por fin, un día el frío desapareció y entró la primavera, llenando el aire con una fragancia penetrante y alborozadora . Por la ventana de atrás, un alegre pajarito gorjeaba con persistencia, invitándome a salir.

    Consciente de lo caprichoso que es abril, me aferré a mi abrigo de invierno pero, como una concesión al cambio de temperatura, dejé mi bufanda de lana, mi sombrero y mis guantes. Tomando mi bastón de tres picos salí alegremente al pórtico que lleva directamente a la calle.

     Levanté la cara hacia el sol, dándole una sonrisa de bienvenida en reconocimiento por su calidez y su promesa.

   Mientras caminaba por la calle cerrada donde vivo , mi vecino me saludó con un “hola” musical y preguntó si deseaba que me condujera a alguna parte. “No, gracias” respondí. ” Mis piernas han estado descansando todo el invierno y mis articulaciones necesitan desesperadamente de ejercicio, así que iré caminando”.

    Al llegar a la esquina aguardé, como era mi costumbre, a que alguna persona me permitiera atravesar con ella la calle cuando el semáforo estuviera en verde.

    El sonido del tráfico me pareció un poco más largo que de costumbre, y sin embargo, nadie se ofreció a ayudarme.

    Permanecí allí pacientemente y comencé a canturrear una melodía que recordaba. Era una canción de bienvenida a la primavera que había aprendido de niña en la escuela.

     De repente, una voz masculina, fuerte y bien modulada, me habló :

    “Parece un ser humano muy alegre”, dijo. “¿Me daría el placer de acompañarla al otro lado de la calle?”.

    Adulada por tanta caballerosidad, asentí sonriendo, musitando un “sí” apenas inteligible.

  Con amabilidad me rodeó el brazo con su mano y bajamos de la acera. Mientras avanzábamos lentamente, habló del tema más obvio -el clima- y qué bueno era estar vivo en un día como aquel.

    Caminábamos al mismo paso y era difícil saber quién conducía a quién.

   Apenas habíamos llegado al otro lado cuando una y otra vez comenzaron a escucharse las impacientes bocinas; seguramente había cambiado el semáforo.

    Dimos algunos pasos más para alejarnos de la esquina.

  Me volví hacia él para agradecer su ayuda y su compañía. Antes de que hubiera pronunciado una palabra, me habló:

“No sé si sabe”, dijo, “qué grato es encontrar a alguien tan alegre como usted que acompañe a un ciego como yo a atravesar la calle”.

Aquel día de primavera ha permanecido en mi memoria por siempre.


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COMPARTAMOS LA LUZ

by on Nov.06, 2012, under Cuentos didácticos

Hu-Song, filosofo de Oriente, contó a sus discípulos la siguiente historia:

“… Varios hombres habían quedado encerrados por error en una oscura caverna donde no podían ver casi nada . Pasó algún tiempo, y uno de ellos logró encender una pequeña tea. Pero la luz que daba era tan escasa que aun así no se podía ver nada. Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su luz podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia tea y así compartiendo la llama con todos la caverna se iluminó”.

Uno de los discípulos preguntó a Hu-Song:

¿Qué nos enseña, maestro, este relato?

Y Hu-Song contestó : Nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no la compartimos con el prójimo. Y también nos dice que el compartir nuestra luz no la desvanece, sino que por el contrario la hace crecer.

“El compartir nos enriquece en lugar de hacernos mas pobres”

“Los momentos más felices son aquellos que hemos podido compartir”.

   Que Dios nos dé siempre la luz para iluminar a todos los que pasen por nuestro lado. La verdadera amistad es flor, que se siembra con honestidad, se riega con afecto y crece a la luz de la comprensión. 

    Si una vela enciende a otra, pueden llegan a brillar miles de ellas. De igual modo si iluminas tu corazón con amor, puede que ilumines a otro corazón, así se pueden llegar iluminar a miles de corazones con amor.

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El Informe.- Relato breve de Jonatán Díaz Expósito

by on Nov.04, 2012, under Resúmenes de Libros

   Este es un relato breve que escribí hace varios años. Representa un pasaje muy importante en la vida de mi pequeña familia, y es un homenaje a todas aquellas personas, que sin saberlo, cambian la vida de los que se encuentran en su camino.

 ¡¡Espero que lo disfruten!!

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