El Cáncer y sus metáforas

“El cáncer me enseñó a parar de guardar cosas para una ocasión especial. 
Cada día es especial. No tienes que tener cáncer para vivir una vida al máximo. 
¿Mi filosofía post-cáncer? 
No hay pérdida de tiempo. No hay ropa fea. No hay películas aburridas” 
Regina Brett. Escritora. (1956-)

La primera referencia a la palabra «cáncer» la encontramos en el «Corpus Hippocraticum» en el siglo IV a.c. En esta colección de obras atribuidas a Hipócrates se menciona un tipo de lesiones ulcerosas crónicas, que tienen la tendencia a desarrollarse de forma progresiva y descontrolada, incluso expandiéndose a los tejidos aledaños asemejándose a las patas de un cangrejo. Estas lesiones invasivas se denominaron con la palabra griega “καρκίνος” (leida karkinos), que pasó al latín como “cancer” (Salaverry, 2013). Así se ha mantenido desde entonces con las tres acepciones típicas, que identifican al animal, a la enfermedad y al signo astrológico.

Susan Sontag (2012), en su libro «La enfermedad y sus metáforas», generó un interesante debate sobre cómo la cultura ha modulado cierto tipo de metáforas, especialmente las utilizadas para explicar o gestionar el proceso de enfermedad. Criticaba la posible estigmatización y sensación de culpabilidad de los enfermos, en relación a frases como: “si tienes cáncer es por algún conflicto psicológico” o “si padece tuberculosis es por tu carácter tísico”. La «Guerra» es la metáfora que más critica, calificando al lenguaje bélico como contraproducente, debido a que la guerra, o se gana o se pierde. Bajo este paradigma, el paciente tiende a sentirse responsable de no haber luchado lo suficiente cuando la cura fracasa, quedando difuminada la responsabilidad del sistema socio-sanitario e incluso el puro azar.

Éste es un dominio que ha sido muy utilizado en el modelo biomédico de salud, y frecuentemente ha conducido a que los pacientes desarrollen mecanismos de afrontamiento desadaptativos y de supresión emocional; es decir, que sienten que tienen que reprimir su angustia emocional, manteniendo forzosamente y en todo momento, una actitud positiva para evitar molestar a los miembros de la familia y a los profesionales sanitarios. Consecuentemente muchos pacientes que ven su enfermedad como un «enemigo» tienden a tener niveles más altos de dolor, depresión y ansiedad, y más bajos de afrontamiento, determinando una peor calidad de vida general (Khullar, 2014).

No olvidemos que bajo el paraguas de la metáfora bélica, el paciente no es sólo el defensor, sino que también es el campo de batalla. Y eso se debe tener muy en cuenta tanto en la toma de decisiones terapéuticas, como a nivel preventivo. Además, algunos estudios indican que es posible que la asimilación de metáforas bélicas, por parte de los pacientes, pueden producir conductas auto-limitantes que disminuyan la motivación preventiva y los comportamientos saludables o de reducción del riesgo (Hauser & Schwarz, 2015). Esto puede deberse a que disminuye la confianza del paciente en la responsabilidad del automanejo, enfocando los esfuerzos y esperanzas en los tratamientos médicos de ataque y defensa, que son externos a él. Esto a su vez, tiende a favorecer  creencias fatalistas sobre el proceso terapéutico y su evolución (Hauser & Schwarz, 2020). Además, este marco de violencia puede ser tan poderoso que los pacientes prefieran formas más agresivas de tratamiento contra el cáncer, a formas de comportamiento preventivas (Hauser & Schwarz, 2015). 

Lo curioso es que la experiencia nos demuestra que los pacientes con cáncer pueden utilizar metáforas de violencia de manera tanto empoderadora como lo contrario, presentándose con frecuencia a sí mismos, como luchadores poderosos que derrotan al cáncer o enmarcando al cáncer como un enemigo agresivo y a ellos mismos como una víctima pasiva (Semino et al., 2017). Es por ello que existen estudios donde se han examinado las metáforas de los propios pacientes, encontrándose una abundancia de metáforas de guerra, consideradas a menudo, como positivas y constructivas (Tate, 2020). A este respecto, se prevé que exista un sesgo de género, ya que es más probable que le funcione mejor una metáfora bélica a un hombre, que a una mujer, dado que durante mucho tiempo, quien principalmente iba a la guerra y combatía directamente era el género masculino (Cancer Institute NSW, n.d).

Teniendo en cuenta esto, debemos entender que, evolutivamente, nuestros propósitos principales son sobrevivir y reproducirnos, y que cualquiera de ellos requiere del conflicto (en sus diferentes formas). Por lo tanto, las metáforas derivadas de esos conflictos están intrínsecamente vinculadas con lo que somos y hacemos. Esto nos obliga a no desecharlas tan rápidamente. No significa que sirvan para todos y en todo momento; el secreto está en elegir la metáfora apropiada para cada persona, en el instante propicio, siendo conscientes de que probablemente se necesiten múltiples metáforas para capturar la complejidad de todo lo relacionado con el cáncer (Camus, 2015). La estrategia terapéutica debe ser siempre empezar a trabajar con las metáforas que el propio paciente evoca y tiene más disponibles. Luego, según cómo se desarrolle el proceso y lo que convenga en cada fase, se pueden ampliar, modificar o sustituir. 

Los dominios de las metáforas más frecuentemente utilizadas para describir el cáncer, sin tener en cuenta el bélico serían:

  • Huerto o jardinería: el cáncer se percibe como el “crecimiento de una mala hierba” que crece sin ser sembrada voluntariamente; que se enraíza donde le place y crece sin control; que es difícil de erradicar; que se comporta como un parásito, aprovechando los recursos sin aportar nada; que genera nuevas semillas e invade, produciendo metástasis; que necesita ser arrancada de raíz; y que tiene el potencial de destruir el ecosistema donde crece, aunque causante muera con él.

  • Fuego o incendio: el cáncer se percibe como una combustión que primero genera algo de humo, en el sentido de que da algunas señales clínicas que predicen un posible conato; que requiere una atención rápida y precoz para evitar que se propague; que daña cualquier lugar por donde pasa; que requiere medios apropiados de extinción; que requiere asegurar su total extinción, controlando posibles rescoldos; que tiene la capacidad de generar sus propias condiciones propicias e imprevisibles que favorecen su progresión; que a veces requiere realizar cortafuegos y sacrificar zonas sanas para limitar la expansión; y que por supuesto, si se descontrola puede destruir el ecosistema en el que se desarrolla.

  • Hospedaje: el cáncer se percibe como un visitante o huésped inesperado; que una vez que se manifiesta genera incomodidades y consume cada vez más recursos; que obliga a modificar el estilo vida; que se resiste a marcharse, requiriendo habitualmente utilizar estrategias drásticas e incluso violentas. Sin embargo hay que tener en cuenta también, que hay ocasiones en que los visitantes inesperados promueven la oportunidad de un cambio, que a pesar de lo problemático y esforzado de su periplo, permiten un reinicio vital que da paso a un periodo más satisfactorio y productivo.

En general, el terapeuta debe favorecer las alternativas interpretativas que sean más productivas, con mayores posibilidades adaptativas, sea cual sea la situación y evolución del proceso. En este sentido, las metáforas que suelen ser más apropiadas para entender y gestionar el cáncer son las que lo perciben como:

  • Un viaje: el cáncer es un camino que se transita de forma inesperada, alterando (con suerte) temporalmente el curso de la vida. Su destino es desconocido, y en cuyo trayecto se deben enfrentar situaciones incómodas y desafíos imprevistos, obligando a presentar todas las capacidades y recursos al alcance para acometerlo con éxito. Para ello es necesario tener buenos compañeros de viaje como familiares, amigos y profesionales de la salud, entre otros, que van a apoyar y guiar en el tránsito. Asumiendo que habrá momentos de descanso, de actividad, de retos y de incertidumbre, el objetivo es llegar a un destino de recuperación total o manejo de la enfermedad, con aprendizajes significativos y reevaluación de prioridades vitales, así como el descubrimiento de nuevas fortalezas y el desarrollo de una mayor resiliencia.

  • Un máster: el cáncer es un curso intensivo de aprendizaje continuo y obligado, donde se van a estudiar asignaturas muy complicadas, desafiando a la persona en todos sus aspectos. Cada fase de tratamiento representa diferentes exámenes parciales, así como trabajos personales y grupales, que van a ser evaluados y tutorizados básicamente por profesionales sanitarios, cuál profesores. Los conocimientos adquiridos y las experiencias vividas se incorporarán al acervo personal, constituyendo una información de valor incalculable sobre cómo, tanto la persona como su entorno, se han manejado durante el trayecto. Superar el cáncer es como finalizar el máster, conduciendo a una etapa de asimilación, y nuevo comienzo vital, teniendo presente y desarrollando lo aprendido.

  • Una aventura o deporte de riesgo: El cáncer es una vivencia llena de peligros, alertas y adrenalina. Cada fase implica uno o varios desafíos extremos (por ejemplo cada ciclo de quimioterapia), donde el riesgo vital es muy importante, y donde la demanda de dedicación, atención e implicación es del 100%. Para exponerse a tal empresa, la persona debe prepararse física y mentalmente, desarrollando estrategias integrales (alimentación, entrenamiento, visualización, descanso etc…), tal y como lo haría un deportista de élite. Como en cualquier expedición, hay momentos de esfuerzo máximo, y momentos de necesaria recuperación, momentos de miedo e incertidumbre, pero también de coraje y satisfacción. Todo ello debe estar apoyado por un equipo de sanitarios, familiares y amistades. Eso de que “sólo se llega antes, pero acompañado se llega más lejos” es una verdad como un templo, y en el caso del cáncer más todavía. Por eso los que peor lo llevan son los que se han acostumbrado a ser totalmente autónomos y por ende, orgullosos, ya que les costará ceder el control y dejarse cuidar. En los deportes de riesgo no cabe el orgullo, sino el compromiso con las personas y con el objetivo, y ante la duda, 1º las personas. Y por último, cuando hablamos de riesgo, hablamos de salir de lo conocido, de retos, de superar límites. Hay personas a las que la experiencia del cáncer les ha dado la seguridad, la fortaleza y la determinación para pensar, decir y hacer lo que antes no se habían atrevido.

  • Una reconstrucción: Pasar por un cáncer es en sí mismo un proceso de demolición y con suerte, de reconstrucción. Es casi inevitable el derrumbe inicial, ya que la enfermedad cae como una losa, destruyendo algunos aspectos fundamentales como la estabilidad física y mental, la rutina diaria, o la ilusión sobre el futuro. La idea en una demolición es que sea lo más controlada que se pueda. Se trata de eliminar las zonas deterioradas, pero afectando lo menos posible al entorno (salvo que de por sí sea nocivo) y tratando de mantener las partes más relevantes e imprescindibles sobre lo que era, para reconstruir un nuevo ser (porque pocas cosas serán iguales). La recuperación requiere planificación cuidadosa y un rediseño de la vida, para lo cual se debe ir colocando ladrillo a ladrillo, de la misma forma que cada pauta se va cimentando, paso a paso, durante el proceso de reconstrucción. Es muy posible que haya que utilizar materiales nuevos, instalaciones más actualizadas, incorporando nuevos hábitos, relaciones, perspectivas y expectativas. El objetivo final es reconstruir un edificio resistente, actualizado y mejorado en muchos aspectos, que posibiliten una vida más resiliente y satisfactoria. 

  • Un juego o videojuego (Gao & Wu, 2024): Este dominio es especialmente útil para los niños. Cuando se recibe un diagnóstico de cáncer es como comenzar un nuevo juego, que tiene reglas desconocidas y desafíos imprevistos. Es normal que al principio cueste un poco adaptarse a los escenarios, personajes y objetivos parciales, además de sentir miedo y confusión. En la medida que se practica, se empieza a entender la dinámica, obteniendo más información de la enfermedad, y estableciendo algunas pautas de control. Se desarrollan tácticas y estrategias para conseguir pequeños premios, hitos, e ir subiendo de nivel de dificultad, pero también de experticia. Cada revisión se puede ver como una misión donde se reciben nuevas instrucciones y refuerzos, o cada inyección como la inoculación de superpoderes. Por supuesto que se presentarán obstáculos y desafíos que pondrán a prueba las habilidades y capacidades disponibles, como por ejemplo, cuando se sufren los efectos secundarios de la quimioterapia. Con la práctica, se consiguen mejorar las técnicas y formas de afrontamiento para recuperar energía y mantener el optimismo. La familia y las amistades, así como el personal sanitario, son el equipo de apoyo para llegar lo más lejos posible en el juego. Es importante celebrar las pequeñas victorias que se van consiguiendo, como: la normalización de los valores de la analítica, o la finalización de un ciclo de quimio, porque son las que aportan confianza, esperanza y fuerza para seguir adelante. El objetivo final es la remisión, es decir, llegar al nivel más difícil y ganar. Así se recibe la mayor recompensa posible. Sin embargo, todo el que ha jugado sabe que de alguna forma el juego nunca termina del todo. Salen nuevas versiones, nuevos personajes, etc…, por lo que se debe seguir vigilante y practicando las habilidades, técnicas y estrategias necesarias, para que si el juego comienza de nuevo, utilizar todo lo aprendido para encarar el reto con valentía, determinación y capacidad de aprendizaje. No hay que olvidar también que cada vez que se juega, se desarrolla una responsabilidad individual pero también comunitaria, ya que siempre hay alguien alrededor que va a ver cómo se hace, lo que le servirá también para aprender a jugar, por si en algún momento se produce «la ocasión.

“Algunos días no habrá ninguna canción en tu corazón, pero canta de todas formas”
Emory Austin. Motivadora empresarial

BIBLIOGRAFÍA:

  • Camus, J. (2015). Metaphors of Cancer in Scientific Popularization Articles in the British Press. In Understanding Patients’ Voices: A multi-method approach to health discourse. John Benjamins.
  • Cancer Institute NSW. (n.d.). Writing about cancer guidelines. https://www.cancer.nsw.gov.au/what-we-do/media/writing-about-cancer-guidelines.
  • Gao, R., & Wu, Y. (2024). Understanding the use of metaphors by parents of children with cancer in blogs: a qualitative analysis. Humanities and Social Sciences Communications.
  • Hauser, D.J., & Schwarz, N. (2015). The war on prevention: Bellicose cancer metaphors hurt (some) prevention intentions. Personality and Social Psychology Bulletin.
  • Hauser, D.J., & Schwarz, N. (2020). The war on prevention II: Battle metaphors undermine cancer treatment and prevention and do not increase vigilance. Health communication.
  • Khullar, D. (2014). The Trouble With Medicine’s Metaphors. The Atlantic.
  • Salaverry, O. (2013). La etimología del cáncer y su curioso curso histórico. Revista peruana de medicina experimental y salud pública.
  • Semino, E., Demjén, Z., & Demmen, J. (2017). The online use of Violence and Journey metaphors by patients with cancer, as compared with health professionals: a mixed methods study. BMJ supportive & palliative care.
  • Sontag, S. (2012). La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Debolsillo.
  • Tate, T. (2020). Your Father’s a Fighter; Your Daughter’s a Vegetable: A Critical Analysis of the Use of Metaphor in Clinical Practice. Hastings Center Report.
Tags: Analogías, Metáforas

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