El elefante y los ciegos

Una vez llegó un circo a una población habitada únicamente por personas ciegas. A pesar de que el elefante era la atracción principal, había un problema: nadie sabía qué y cómo era ese extraño y al parecer enorme animal. Así que decidieron llamar a los más eruditos de entre ellos, para que elevaran un dictamen.

El primero se acercó al animal y palpó concienzudamente sus patas. Al rato sentenció:

– Amigos, no hay duda. Un elefante es como una columna.

El segundo de ellos también se acercó al paquidermo y tocó a fondo sus orejas:

–Temo comunicaros que mi colega se ha equivocado. Un elefante es un gran abanico doble –dijo el segundo.

El tercero, en cambio, centró su inspección en la trompa:

–Debo decir –proclamó– que mis dos colegas han errado en su apreciación. Es evidente que un elefante es como una gruesa soga.

De este modo cada erudito captó su propio grupo de defensores y detractores, iniciándose una polémica que hizo que llegaran a las manos. El responsable del circo, que disponía de total capacidad visual, al ser reclamado para sentenciar quién estaba en lo cierto, y habiendo cada grupo defendido sus opiniones con argumentos diversos sobre lo que en verdad era un elefante, sentenció:

– Cada uno de ustedes tiene algo de razón, ya que sólo han podido percibir una parte del elefante. Sin embargo yerran en el concepto global.

Seguidamente les describió de la forma más clara posible cómo era en realidad el animal. Sin embargo, los ciegos, ante la dificultad de integrar la opinión personal con la descripción realizada, tildaron al hombre de loco. Por lo que, ante la incapacidad manifiesta para poder disfrutar en toda su magnitud la atracción más importante, invitaron al responsable del circo a marcharse del pueblo. Por lo visto, todavía siguen debatiendo entre ellos sobre lo que creían que debía ser un elefante.

Propuesta de reflexión:

Este cuento siempre me ha parecido muy esclarecedor sobre la parcialidad y limitación de nuestro conocimiento. De lo que se deriva al menos una conclusión clara: que siempre debemos dejar un margen de duda sobre la certeza de lo que pensamos. Sin embargo, la reflexión que utilizo más frecuentemente con los pacientes es que, a pesar de que habitualmente acuden a la consulta por un problema específico, ya sea físico o psíquico (o lo más frecuente: una combinación de ambos), es necesario tener una visión global para entender lo que ocurre y la mejor forma de solucionarlo.

Una aplicación práctica de la necesidad de observar el mundo desde diferentes perspectivas, la tenemos en Leonardo Da Vinci. Este genio decía que hasta que algo no era percibido por lo menos desde tres o cuatro perspectivas distintas, uno no podía comprenderlo realmente. Bajo este paradigma, cuando diseñaba, por ejemplo una bicicleta, pensaba cuál sería el mejor diseño (desde el punto de vista de su función como transporte); quiénes iban a ser los usuarios de la creación (desde el punto de vista de los consumidores); quiénes podrían financiar los prototipos y la producción (desde el punto de vista de los productores); dónde serían utilizadas, según la orografía, la superficie de rodadura (desde el punto de vista del entorno); y así de forma casi indefinida, según la amplitud del embudo creativo y de ventas que quisiera realizar. De esa forma, conseguía sintetizar toda la información en un producto real, funcional y lejos de la fastidiosa obsolescencia programada que tanto nos afecta hoy en día.

Esa visión integrada es la que debemos tratar de desarrollar todas las personas, y que por supuesto debe tener, a mi juicio, un buen terapeuta.

Tags: Cuentos

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