El propietario de una fábrica en el norte de la Inglaterra de finales del siglo XIX, estaba fuera de sí. La caldera de vapor que suministraba luz y energía a toda la fábrica se había averiado. Muchos expertos habían intentado repararla, pero ninguno había logrado tener éxito. “El tiempo es oro”, no cesaba de repetirse mientras calculaba las pérdidas de la producción. “El tiempo es oro”. En ese momento un hombre vestido con un mono azul fue conducido a su oficina. —Yo puedo arreglar el sistema, señor.
El propietario de la fábrica no se inmutó. —He mandado llamar a los mejores expertos del lugar para que reparen la caldera y todos han fracasado. Mírate, no tienes más que un cajetín de herramientas y sin demasiadas cosas dentro, si no me equivoco. —Correcto, señor. Para esta ocasión llevo únicamente las herramientas necesarias para este problema en particular. Así pues, ¿quiere usted que lo arregle?.
Todavía sin inmutarse, pero pensando que no tenía nada que perder, el propietario de la fábrica condujo al hombre del mono azul hasta una gran sala en cuyo centro se erigía la enorme caldera. De ella salían kilómetros y kilómetros de tuberías serpenteantes en dirección a todos los rincones de la fábrica.
En un tono un tanto altivo, el propietario invitó al hombre a que se pusiera manos a la obra. Tranquilamente y sin rechistar, el hombre del mono azul seleccionó una herramienta del cajetín, un pequeño mazo de goma. En silencio y metódicamente, comenzó a golpear suavemente en diferentes lugares, escuchando atentamente las respuestas que recibía de las tuberías. Durante diez minutos tanteó y presionó válvulas, termostatos, codos, cuellos y juntas, donde según su diagnóstico podía haber problemas. Finalmente, volvió a su caja de herramientas, dejó el pequeño mazo de goma y seleccionó uno mucho más grande. Subió hasta donde había un complicado codo en una de las secciones de las tuberías y le propinó un golpe firme y enérgico con el mazo. El efecto fue instantáneo. Como si se hubiese desatascado algo, el agua comenzó a fluir, el vapor empezó a bombear, y las máquinas empezaron a chillar. El propietario estaba encantado. —Maravilloso, maravilloso. Envíame la cuenta. Cóbrame el doble de lo que pides habitualmente. —Eso no será necesario, señor—, dijo el hombre del mono azul.
Cuando llegó la cuenta unos días después, el propietario se quedó pasmado. La cantidad era muchísimo mayor de lo que había esperado (1.000 euros en total), lo que constituía una suma enorme para aquellos tiempos. Aunque había pagado cantidades similares a algunas de las otras compañías que no habían logrado arreglar el sistema, al menos habían estado trabajando durante días. ¡Y eran compañías que tenían una reputación! El hombre del mono azul no había estado más de diez minutos. El propietario de la fábrica instruyó a su secretaria para que enviara una respuesta pidiendo un detalle de los costes.
La respuesta llegó a vuelta de correo:
– Por diez minutos de tanteo: 1 €
– Por saber dónde golpear: 990 €
Total: 1000 €
Propuesta de reflexión:
El caso es que frecuentemente detrás de acciones banales, que por su simpleza tienden a subestimarse, suele haber una inversión importante en formación, experiencia práctica, tiempo y dinero que no se suele tener en cuenta. Yo siempre le digo a mis pacientes que yo cobro por mi tiempo y por todo el bagaje previo que me ha traído hasta aquí. Eso no significa que no tenga en cuenta las referencias del mercado y la competencia, pero cada profesional (y persona en general) debe poner precio, y sobre todo, valor a su trabajo.






