Caminar es caminar, en cuanto al hecho biomecánico. Pero la intención, la ruta y el destino, cambian la forma en que el organismo, en su conjunto, reacciona al entorno.
Las ciudades se han configurado para tratar de armonizar las actividades de la vida diaria, buscando la forma de tener disponibilidad de los servicios necesarios y facilitar el traslado de personas de la forma más rápida y segura posible.
Esto ha condicionado la forma en que las personas caminan por la ciudades, produciendo tres formatos diferentes, cada uno con sus características intrínsecas: pasear, caminar para dirigirse a un lugar, y caminar como ejercicio físico.
Por otro lado, caminar en la naturaleza se ha constituido como una forma de huida, de búsqueda de tranquilidad, de reconexión con lo primigenio. Diversos estudios concluyen que caminar por entornos naturales disminuyen la rumiación (pensamientos que vuelven una y otra vez a la mente, que pueden tornarse obsesivos), y mejora el rendimiento de la memoria operativa o de trabajo.
Los parques urbanos, por su parte, son un intento deliberado y artificial de rememoración de lo natural, que posibilita su disfrute más a diario, y pueden servir como alternativa próxima.

“Me interesa ese caminar con sentido que se hace con placer en el corazón; ese que invita al encuentro, a la conversación, al disfrute del tiempo, a la libertad de detenerse o de continuar el camino”
David Le Breton
A continuación te expongo una tabla con 25 diferencias entre Caminar en la Ciudad y Caminar en la Naturaleza, con la intención de evidenciar que no son opciones contrapuestas, sino complementarias.

Como ves, lo realmente importante es CAMINAR, y por tanto, la elección dependerá de las circunstancias personales en cada momento.





